Cuando Nuestra Luz Se Apague
Por Noticias de Toluca
Publicado: noviembre 15, 2009
Por Jesús Márquez Farfán.
Es oportuno recordar aquel refrán muy común: No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no se llegue. Todo lo que empieza tiene final y le llega en el momento preciso. La vida tiene su final y su conclusión el camino de cada uno. El mundo tendrá su fin y concluirá su realidad y su historia; por eso es importante estar atentos para concluir bien el viaje de la existencia.
Con todo, esta verdad ineludible no es precisamente para aterrarnos y entristecernos, no, de ninguna manera. Ya tenemos muchas cosas en el mundo que nos golpean, como las amenazas, de guerra, de hambre, de escasez de agua; se multiplica la contaminación, la destrucción material, moral y humana, el crimen organizado, el narcotráfico, los secuestros, los robos, las agresiones, todo lo que significa desorden y que va amenazando a la persona y a la familia.
Es muy frecuente oír, como anuncio del final del mundo, el riesgo en una guerra atómica, o simplemente se difunde que estamos viviendo ya el momento, que todas las condiciones se cumplen, que ya Dios está cansado de las aberraciones del hombre y que va a desparecernos en cualquier momento, cuando menos lo esperemos.
Pareciera que el mismo Jesucristo quiere llenarnos de miedo y controlarnos como muchos de los poderosos de la tierra, pero si vemos con claridad su vida y proceder, nos daremos cuenta que a Él le interesa superar definitivamente nuestros miedos y ofrecernos sus señales. El Evangelio de San Marcos (13, 24-32) nos describe así el final, por boca del mismo Jesucristo:
Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando lleguen aquellos días, después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá. Entonces verá venir al Hijo del Hombre sobre las nubes, con gran poder y majestad. Y Él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo.
Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta. En verdad que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse. Nadie conoce el día ni la hora, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo; solamente el Padre”.
Si Jesucristo hubiera querido espantarnos, en lugar de multiplicar milagros, de sanar enfermos o resucitar muertos, curar leproso, sordos y mudos, habría usado su poder para dominar a sus adversarios y condenarlos, habría hecho señales terroríficas y hubiera conseguido que todos se le sometieran por el miedo. Pero Jesucristo no es un tirano totalitario, ave de mal agüero, cruel, amenazante. Es el Hijo de Dios que nos ama y nos invita a todos a comprometernos, para hacernos, nosotros mismos, anuncio del Reino que vendrá y que hemos de comenzar desde aquí..
Nos encontramos en sus palabras una descripción, que llamamos apocalíptica y que nos parece terrible; pero sólo es una invitación a apreciar el Reino a vivir en la esperanza, construyéndolo mientras estanos en espera.
Con miras a vivir esa esperanza, podemos detenernos a pensar en lo que nos significa personalmente, hoy, la gran tribulación, cuando no hay para nosotros ni luz de sol, ni luz de luna, cuando sentimos que las estrellas se nos vendrán encima y que la tierra se conmoverá. Hemos pasado, de cierto, por tribulaciones de distinto género, por amarguras del corazón, por decepciones de matrimonio y de familia, de amigos, de líderes políticos o religiosos, de las personas en quienes más confiábamos y que de repente nos dan la espalda y experimentamos la herida profunda de su proceder. Es muy frecuente ver anticipos de la muerte en situaciones de dolor, de angustia, de miedo, desilusión… Se nos apaga el sol porque no tenemos la luz de la gracia, porque hemos dejado que las tinieblas nos abracen el alma, al ocultarnos de la mirada y el amor de nuestro Padre Dios; cuando dejamos que la tristeza, la desesperación, el pesimismo nos invadan el corazón, las relaciones, el hogar, las amistades, el ambiente; entonces permitimos también que se acaben nuestras esperanzas e ilusiones, la confianza entre nosotros, el respeto, el aprecio cordial. No es raro encontrarnos con situaciones en que, ni de día ni de noche, encontramos la luz. ¡Todo se hace silencio, incomunicación, aislamiento, tristeza, tinieblas!
A veces la conmoción se da por los vestigios de maldad que vemos en ese hogar donde el hijo ha tomado el camino del vicio, de la adicción a la droga y está acabando con sus padres; cuando la traición se cierne en la relación de esposos, uno simula cariño, mientras se vende por un gusto sensual su corazón y su afecto; se acaba con la luz de la fidelidad y la limpidez, se entierra la ilusión, se engaña a conveniencia y se va minando el amor, hasta utilizarlo engañosamente mientras se deja esclavizar por las tinieblas del engaño. Pero el Evangelio hace el anuncio final: Todos vamos por el mismo camino y cada generación, uno a uno, todos viviremos la experiencia de que no brillará el sol para nosotros y que la luna no dará su luz, que nuestra única luz será la que hagamos venir en la esperanza, cuando en nuestras obras permitamos que se vea el Hijo del hombre, el Reinado que viene.
Cristo quiere llenarnos de esperanza, y decirnos que en todas sus señales, por terribles que parezcan, hemos de descubrir los signos de los tiempos, el anuncio de su cercanía. Necesitamos comprenderlo, al ver cómo la higuera se va llenando de retoños, de hojas nuevas, de la novedad de su Reinado, que iniciamos transformando este mundo, estas relaciones, este forma de vida, estas familias, estos sacramentos, matrimonios y sacerdotes en este Año Sacerdotal. Cristo quiere que no nos espanten las tinieblas, que confiemos en Él, que interpretemos sus signos; por eso quiere que miremos no sólo las tinieblas, sino especialmente la luz de la esperanza que encienden en su interior quienes saben vivir los valores del Reino de su amor, quienes lo presentan, la transparentan en su vida y en su ser a los demás.
Cada día debiéramos descubrir al Señor que se acerca y buscarlo, unidos, ena el encuentro que nos ofrece en su palabra y en sus sacramentos, particularmente en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. No quiere ofrecernos miedos. El miedo es una esclavitud. Nos ofrece la esperanza y la seguridad de su amor, más allá del tiempo, por encima de la muerte, sobrepasando angustias e inseguridades. Liberarnos del miedo, confiando en el amor de Jesucristo, es una manera de vivir nuestra libertad de cristianos. Esa es nuestra fe: Nada nos apartará del amor de Cristo. El está comprometido por nosotros y con nosotros.
Estamos por concluir el Año Litúrgico. Justo es que revisemos, en este final, lo que hemos permitido que en nosotros se haga tinieblas. Después, comprometámonos a construir el Reino, que ya está presente en el Cristo Vivo, con el que nos encontramos cada día.
“Señor, danos tu luz, para mirarte en nuestra vida, tu sabiduría para caminar siempre hacia Ti, y tu amor para aprender a amar; danos celebrar con fe la Eucaristía y comulgar con tu Cuerpo y con su sangre con la seguridad de que vivirás en nosotros y nosotros en ti. Estando contigo, Cristo Señor, ¿a quién temeré? ¿Quién me hará temblar?”
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