¿Cuán Es Nuestro Aprecio a la Familia?

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Por Noticias de Toluca
Publicado: diciembre 27, 2009

Por Jesús Márquez Farfán.

Cada uno de nosotros ha nacido en una familia; en ella hemos aprendido a amar, a comportarnos y relacionarnos con los demás; nuestra cultura y educación tiene su raíz en ella, la hemos “mamado” en ella. Mucho de lo que somos y expresamos, de nuestros valores y acaso también de nuestros defectos, tienen la huella de nuestra familia. En ella admiramos y apreciamos valiosas cualidades, aunque también nos encontramos con limitaciones y defectos. Manifestamos nuestra pertenencia a ella por los apellidos que llevamos, pero tendríamos que preguntarnos si esa pertenencia es real y nos mantiene unidos por el amor, el respeto, el aprecio, el interés por el bien de cada uno, la sana relación que, por otra parte, nos es saludable en la vida y en la personalidad.

Nadie duda hoy de la influencia, del ascendiente de la familia en la personalidad del individuo. Todos reflejamos la educación que recibimos, hasta en la manera de saludar, de agradecer, de tener atenciones con los demás…

Decimos que lo más importante que tenemos en la vida es nuestra familia, pero, en el terreno de los hechos, no ofrecemos ni la atención, ni el cuidado, ni el aprecio, a veces ni  el respeto que se esperaría que mantuviéramos hacia aquellos con quienes convivimos en el hogar, en cercanía y confianza.

Estamos contentos y hasta orgullosos de nuestra familia, según la relación que guardamos y los valores que son la más grande riqueza con que contamos humanamente. Sin embargo, en el ambiente de hoy hemos de darnos cuenta de las muchas maneras en que se está destruyendo a la familia. Los divorcios se multiplican, las familias divididas  en conflicto se encuentran a cada paso, los hogares incompletos con padres o madre solteros, son frecuente realidad en nuestras comunidades. Parecen multiplicarse las infidelidades y los matrimonios de apariencia; la familia se basa en el amor, y un amor manchado, corrompido por la infidelidad, no es de ninguna manera la familia que Dios quiere, ni refleja su relación y su amor fiel.

Los adulterios simulados y ocultos y la desconfianza que no permite un amor sereno y gozoso entre los esposos, son veneno para la vida de familia que ha de ser siempre amor y entrega. Por añadidura, se nos presenta hoy la posibilidad de matrimonios atípicos, que no sólo no son del “tipo” natural normal, el que Dios propuso en la naturaleza del hombre y la mujer desde la creación, sino son una expresión precisamente antinatural, contra la naturaleza humana, contra el derecho fundamental de ser humano, una degeneración de la dignidad humana. Quienes, puestos para buscar el bien de la comunidad pretenden crear leyes a favor de matrimonios atípicos, con posibilidad de familia, no buscan el bien sino la corrupción de la sociedad, sobrepasan los límites de la naturaleza y degradan la dignidad de la familia y se sobrepasan en su papel asumiendo facultades que ni Dios asumiría.

Este día es una buena oportunidad para mirar nuestra realidad preguntándonos cuál es el aprecio, la relación que guardamos con nuestra familia, con la familia en general. Podríamos repasar una serie de datos para evaluar sinceramente nuestro amor. No es lo mismo “decir” que amamos mucho a nuestra la familia, que vivir mostrando constantemente el amor que cada uno requiere en nuestro hogar y que le damos con nuestras acciones, nuestra convivencia, nuestro compromiso. El verdadero amor es sólo entrega y no tiene vacaciones. El amor es un regalo, un don constante y vivo.

No podríamos decir que vivimos en el amor, si los conflictos se repiten frecuentemente aun por detalles insignificantes. Es necesario que veamos cualquier tipo de conflictos, disgustos, agresiones o frustraciones que provocamos de alguna manera o tenemos que sobrellevar. Entonces ¿cuál sería nuestro amor de familia? Estamos creando una familia conflictiva, enferma. Estamos rompiendo con lo sagrado de la relación.

La verdadera relación de amor de familia, tiene características muy concretas que podremos encontrar hoy en la Palabra de Dios que nos revela San Lucas (2, 41-52)

“Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron y, al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, su padre se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia”. El les respondió: “¿Por qué me andan buscando? ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.

Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres”.

El que el Hijo de Dios haya venido al mundo a vivir en familia, nos indica la importancia de esta institución, la primera constituida por el mismo Dios, como base de toda la humanidad. La imagen y semejanza del Creador, no fue sólo la persona individual, sino la relación de los esposos y de toda la familia, imagen del amor y relación trinitarios.

El acontecimiento que nos narra el Evangelio nos muestra esa relación familiar en Jesús, María y José. Desde su nacimiento nos encontramos con las primeras experiencias del Salvador y de sus padres en derredor de Él y al cuidado de su persona. Nos habla de su fe y su piedad, acudiendo al Templo precisamente en la edad en que su Hijo Jesucristo habría de integrarse como miembro activo, con capacidad  para participar en el culto de la Sinagoga, leyendo la Escritura en las reuniones rituales. Nos dice también cómo habían formado Jesús, de tal manera que decide quedarse en el Templo, aun sin que lo supieran sus padres, para elegir, desde esa edad, la voluntad del Padre, ocuparse de las cosas del Padre.

La angustia con que éstos lo buscaron, manifiesta su amor, su responsabilidad y también el afecto inmenso que le guardaban como el centro y lo más valioso de su vida. Cuando se dieron cuenta que no iba con ellos, se turbaron, María le dice, al encontrarlo, que estaban llenos de angustia y le cuestiona su proceder: “¿Por qué te has portado así con nosotros?” La respuesta le desconcierta: “¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” Desde entonces María “conservaba en su corazón todas aquellas cosas”.

Al mirar, hoy, nuestra vida de familia, ante la Sagrada Familia de Nazaret,  descubrimos fácilmente la necesidad y la importancia de la presencia de Jesucristo en ella, ¿cómo nos encontramos con Él, qué lugar le damos en nuestro hogar y en nuestra convivencia, que tan fielmente seguimos el ejemplo de su vida de familia?

Hablamos del “Niño perdido y encontrado en el Templo”. Había que ver si los que se perdieron fueron María y José quienes, en un momento dado dejaron de ir con Él, le perdieron de vista, le desatendieron. Esa es la realidad de muchas de nuestras familias que se han olvidado de Jesús; quizá todos contribuimos a que se dé ese descuido, ese desinterés e indiferencia en nuestros hogares, porque no hemos puesto suficiente cuidado y atención en nuestra relación con Cristo. Nos perdemos, nos alejamos de Él y, quizá, hasta lo tenemos perdido e ignorado, fuera de nuestra vida y de nuestro amor. Peor aún, cuando en nuestra familia o en otra familia somos factores de mal, de corrupción del amor.

Muchas veces la consecuencia de la distancia respecto a Jesucristo lleva a las familias a perder las relaciones sagradas de esposos y a los propios hijos. Cuando los papás se dan cuenta de que éstos ya no están en casa, ni de pensamiento, ni de afecto, ni de comunicación, ni de nada que los haga sentir su pertenencia a la familia, se corrompe y destruye la relación filial.  Ven cómo los hijos hacen de la casa un hotel, donde acuden a comer y a dormir, pero ya no mantienen el amor ni el lazo del afecto, la comunicación íntima, el respeto, la educación y el intercambio de valores que les permitan unirse y mantener el gozo de la convivencia familiar.

Ante el encuentro de José y María con Jesús adolescente, habrá que revisar el proceder de aquellos papás que han descuidado a los hijos, los ausentes, y que no ponen interés en la realidad que viven, no saben valorar y confrontar amorosamente la conducta del hijo. Algunos, -cada vez son más- prefieren su comodidad, con apariencia de paz y de bondad y “consecuentan” y “tapan” a los hijos sus errores, indisciplinas, malas conductas, antes que llamarles la atención, confrontarles y formarles en la autenticidad.  Piensan y se justifican diciendo que “están jóvenes y que también ellos fueron así”: pero se les olvida que los tiempos son distintos, que el ambiente ha cambiado y que la visión es muy distinta. También hay quienes se quieren impone y “meterles en cintura” sin pensar en el diálogo, la comprensión, la valoración, el apoyo que necesitan. No es amor la ruptura a que muchos llegan para eludir su grave e insustituible responsabilidad de educar.

Jesús vuelve a casa, a Nazaret, con María y José y les guarda obediencia, está “sujeto a ellos”, mientras crece en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres.

Para la maduración y la solidez de la persona, para la educación y transmisión de valores, para la formación humana, afectiva y religiosa, para todo lo que mira a la riqueza humana de la propia personalidad, es necesaria e insustituible la vida y relación familiar.

Para que los hijos sepan obedecer, creciendo en saber y estatura se requiere estar metidos en la vida de familia, en un cuidado esmerado y amoroso que exige una presencia y comunicación de calidad. Un amor sin presencia no es amor; sin presencia no hay un amor comprometido. La presencia de calidad, consciente, responsable y cariñosa es necesaria para la comunicación, la expresión afectiva, comprensión, aceptación, apoyo mutuo,  aliento y, también, la corrección sincera. Cuando esto no se da, podríamos decir que aún es incompleto el amor en nuestro hogar, o, quizá, que nuestro amor se está desmoronando.

María y José nos dan un ejemplo de lo que necesitamos hacer: Buscar a Jesús, encontrarnos sinceramente con Él. Cuando Jesús es una idea, un adorno en el hogar, cuando no es una persona, cuando no tenemos encuentro con el Jesús vivo, entonces todo cae por tierra. Sólo el encuentro con Cristo vivo nos llevará a encontrarnos en la relación de amor que Él quiere para las familias Entonces Él será el móvil de la existencia y nuestra vida de familia, nos unirá, lo imitaremos, le permitiremos llenarnos plenamente de manera que cuidemos como él quiere de nuestra familia, nos demos a la familia y convivamos en ella viviendo el auténtico amor, con Él y como Él.

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